domingo, 23 de agosto de 2009

Jaime Garzòn

ASESINATO DE JAIME GARZÓN: 10 AÑOS DE IMPUNIDAD

Memorias de risa y tragedia


Porque olvidar, es matar dos veces



Por: Fabián Cristancho Ossa

hfco1@hotmail.com


El olor del jabón y el champú llena la habitación. Jaime se pone la camisa blanca con rayas cafés mientras ‘La Tuti’ lo mira desde la cama y siente una espina cada vez más adentro del corazón.


El aire fresco de la madrugada es un soplo divino que se introduce por las narices de los bogotanos. 5:30 de la mañana, Bogotá se ducha, desayuna y va al trabajo.


Viernes 13, día en que los supersticiosos no recomiendan casarse ni embarcarse. Jaime quita el freno de mano, en el país se habla de la mala racha del presidente Pastrana; el desplome de la economía, el aumento del desempleo y el fracaso del Proceso de Paz. Lleva el vidrio abajo, toma la Calle 26 que desemboca a la Carrera 42 para llegar a la emisora Radionet. Él va de afán, va veloz. El semáforo en rojo, la moto blanca que se acerca demasiado, el cañón del revolver esperando al gatillo, la sonrisa perpleja, el impacto de unas balas frías y cobardes, unas balas sin sorpresa entran en el cuerpo del lustrabotas y ahuyentan la tranquilidad de la mañana.


“Mataron a Jaime, mataron a Jaime”, entra gritando, Yamit Amat. Sus anchas lágrimas disipan el olor a café en la sala de redacción. Todos se ponen de pie, se toman la cabeza, el nudo en la garganta y la saliva como pegante se generalizan.


La noticia aun no es noticia, los periódicos con el descontrolado olor a tinta llegan a su destino. Aída Luz Herrera, jefe de redacción de Radionet, abre los micrófonos y le da la noticia al país: ya no escucharán, nunca más, los chistes y críticas de Garzón, lo han asesinado. En cabina todos acusan del vil hecho al temido jefe paramilitar Carlos Castaño.



Espíritu juguetón, indomable y libertario


La sensibilidad social que tenía Jaime Garzón, sopesada con su madura conciencia política, hicieron de él un gran reconciliador que soñaba y se desvelaba por la paz. Su agilidad mental e inteligencia pronto lo hicieron destacable por vecinos, profesores y compañeros. Su madre le enseñó a leer y escribir a los cuatro años, siempre inculcándole amor y respeto por el conocimiento. Por eso Garzón, más que un ‘mamagallista’ fue un intelectual, un superdotado que se transformó en el inconsciente colectivo de toda Colombia.


Tiempos donde los billetes verdes abundaban, los granos de café eran apetecidos en todo el mundo y la cocaína colombiana codiciada. En un sector de clase media-baja (Sumapaz) entre cerca y lejos del poder, en Bogotá, nace en 1960 Jaime Garzón Forero.


Siempre fue la oveja descarriada del colegio y del barrio. Una oveja negra que siempre quedaba en el recuerdo de quien se le cruzaba. Estuvo en varios colegios de diferentes calibres. Fue un adolescente rebelde en tiempos en que la libertad se defendía como fuera. La música, los movimientos de izquierda y la literatura de Benedetti, Cortázar y Gabo trasegaban en la cosecha histórica en que lo establecido debía ser derrocado. El pelo largo, la marihuana y los largos pensamientos mandaban en bares y universidades, como dijo Antonio Morales -guionista del noticiero Quac- pululaban los personajes “con el Libro Rojo de Mao y el Manifiesto Comunista debajo del brazo”.


Ver hambre, miseria, corrupción, tanta muerte y desigualdad lo hicieron tomar una de sus decisiones más osadas. A sus 18 años, siendo estudiante de la ‘Nacho’ hace contactos con el ELN, grupo que ideológicamente confluía con los pensamientos del indomable espíritu de Jaime. Así, deja libros y fotocopias y las cambia por un equipo de guerra: se embarca al monte, a ese mar lleno de peligros donde llueven balas. Lo recibe el frente José Solano Sepúlveda; tal vez desde allí se podría cambiar la dura realidad del país que los dirigentes se comían, bebían y violaban todos los días.


Pero el Jaime guerrillero resultó ser una decepción: las armas lo enredaban, la estrategia militar lo confundía y sin duda, para sus compañeros, este hombre era un total fracaso. Valía más su sostenimiento en el monte que lo hecho por sus manos. Sin embargo le toleraron su desdichado espíritu partisano y le buscaron un oficio. Se convirtió en un despistado trovador guerrillero que enterraba y desenterraba la plata del grupo; sacaba a asolear los billetes para que la humedad no los consumiera. Aguantó cuatro meses. Después de muchas reflexiones entendió que ahí no hacía mucho. Explicó y argumentó su salida del monte, su decisión fue respetada y en horas llega, ‘con el rabo entre las patas’ a La Perseverancia.


Estudia derecho, ciencias políticas y física y matemáticas por los lados. La política le abrió sus puertas al enrolarse en la campaña de Andrés Pastrana para la Alcaldía de Bogotá, ahí llegó a ser el jefe de giras del próximo alcalde. Jamás dejó su característica mamadera de gallo, ni en los momentos más tensionantes, como en el secuestro de Pastrana. Ese día, el 18 de enero del 88, al presenciar el inminente secuestro, Jaime les dijo a los secuestradores que debían llevarlo a él también, “¿no ven que yo soy el jefe de giras?” Pastrana fue secuestrado y en unas semanas ya estaba libre. Gana la Alcaldía de la capital y nombra al simpático Garzón como alcalde local de Sumapaz, esa región olvidada en manos de las FARC.


En dos años como alcalde, Jaime cumplió con el pequeño poder que tenía en sus manos: construyó un centro de salud, le dio vida a una escuela y pavimentó la única vía del pueblo. En el 87 apareció por primera vez en la televisión por sus imitaciones, no era cotidiano ver a un alcalde tan zafado. Hicieron una nota periodística sobre él y más de uno lo vio y se rió. A pesar de los logros en su gestión fue destituido por el mismo Pastrana, por un comentario que llegó a oídos del conservador. Dijeron que Jaime había montado un prostíbulo, a lo que respondió sin miedo, “las únicas putas de la zona, son las putas FARC”. El día que las cinco balas entraron en su cuerpo debía posesionarse simbólicamente y recibir una indemnización, pues se comprobó que jamás existió tal lugar, por lo que su despido era injusto.


Siguió trepando y llegó a los medios junto con Eduardo Arias y Karl Troller, un par de comentaristas políticos, ácidos como un limón en su incipiente vida. Pensaron y produjeron Zoociedad, 30 minutos de humor fatal y venenoso. Jaime era un éxito en la TV. Vendría el noticiero Quac y la personalización de un buen número de sus personajes: ¿quién no recuerda a Néstor Elí el vigilante del Edificio Colombia? O a Dioselina Tibaná, la cocinera del palacio de Nariño que criticaba duramente a su jefe, el emproblemado Samper en pleno Proceso 8.000. John Lenin fue el vivo reflejo de su juventud, un muchacho izquierdoso con Marx y Lenin en su cabeza. Godofredo Cínico Caspa fue querido y odiado por la audiencia pues defendía a ultranza a la derecha, al Estado y las instituciones; una vez dijo que Colombia lo que necesitaba era un dictador –se refirió al entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez-. Heriberto de la calle, el lustrabotas –del noticiero CM& y luego de Caracol- fue su última caracterización. Quizás fue el personaje que más sensibilidad le dio al país, sus apuntes y preguntas tan bien formuladas siempre buscaban una verdad escondida, una verdad oculta que dejaba sin aire y en absoluto silencio al entrevistado y a la audiencia.


El humorista, periodista, politólogo, abogado, soñador, e idealista opinaba a mansalva, sin mediciones ni filtros sobre el diario vivir del país. Y aunque sus propuestas y pensamientos le merecían una etiqueta de intelectual, en su hoja de vida, enviada a la Gobernación de Cundinamarca, entre otros puntos decía que tenía estudios en: primeros, segundos y terceros auxilios, cocina para ejecutivos, curso de mecánica popular, curso de inteligencia para militares (reprobado) y aseguraba en la misiva que manejaba cursos sobre ‘como mamar gallo en medio del conflicto’. “La vida no es verdad, la vida es un chiste” dijo en repetidas ocasiones Jaime.


Su coqueteo con la izquierda le dejó contactos con la insurgencia y entre los dos poderes, Jaime intervenía para que los secuestrados regresaran del cautiverio. Tanto así que Andrés Gonzáles, gobernador de Cundinamarca, lo llamó para que fuera asesor de su despacho en el tema de las gestiones humanitarias, aceptó con la única condición de mantener un perfil bajo. Pero su discreción como gestor humanitario reventó el 23 de marzo del 98, día en que protagonizó la liberación de algunos civiles, entre ellos cuatro norteamericanos. El escenario, la vía al llano. Las cámaras se volcaron hacia él y en un abrir y cerrar de ojos, las instalaciones de Radionet se veían invadidas de familias de secuestrados que hacían fila para hablar con Garzón. Entre las cuentas de su amigo, Rafael Pardo, más de cien secuestrados llegaron a casa por las labores del humorista, pero como era de esperarse, en un país cegado por la polarización, muchos sectores no vieron con buenos ojos lo que Jaime hacía, así siempre tocara puertas a la Alcaldía, Gobernación y Presidencia para que sus gestiones fueran claras.


Su vida como personaje público fue material de primera mano para los chismosos. Dijeron que Jaime tenía yates y carros lujosos, producto de su –inexistente- lucro en las liberaciones. Más tarde se conocería que Jaime estaba escribiendo una carta a sus colegas pidiéndoles respeto y cordura, pues habían puesto su vida en peligro. Entre el periodismo y la gestión humanitaria, Jaime dio una verdadera clase de objetividad, lo demostró cuando en repetidas ocasiones y sin ningún ánimo de show invitó a cenar y hablar en su apartamento a ex guerrilleros y políticos, intelectuales de derecha y de izquierda, sindicalistas e industriales, ateos y religiosos. Un escenario donde, sin duda, la tolerancia de ideas y la resolución de conflictos eran el objetivo. Una salida a la justicia y a la verdad para unos y una molesta piedra en el zapato para otros.



“Hasta mañana tengo plazo de vida”


Un aire mortuorio le rondaba por la espalda y no lo dejaba respirar. El sudor frío en sus manos ya era característico, como también su aspecto de trasnocho, de preocupación. Con un nerviosismo desesperante se movió como nunca en sus últimos días sorteando amenazas de todos los tamaños. La tensión diaria fue producto de su inacabable esperanza para desempantanar el Proceso de Paz con el ELN y las FARC.


El costo de su labor humanitaria y periodística fue más allá el 15 de mayo del 99 a las 11:40 de la mañana. Garzón va a toda velocidad por la carretera en la vía al llano entre Granada y San Juan de Arama, en Meta. Su camisa blanca con rayas cafés no se queda quieta por el incesante viento que entra a la camioneta de la Gobernación. De un momento a otro un bus municipal está encima de su capó. No hay espacio para reacciones. Se estrella violentamente contra una flota de La Macarena, y mientras la camioneta se arruga de adelante para atrás, Jaime se siente aprisionado, las bolsas de aire salen pero no impiden que sus dos piernas se quiebren y algunos vidrios le hagan daño. Iba por un secuestrado y casi muere en el intento. Su camisa no quedó manchada.


Hablando después con el chofer de la flota, éste le dijo que de no haberse estrellado contra él, un par de kilómetros más adelante, a la velocidad que iba, se hubiese ido a un abismo pues la vía terminaba de manera abrupta. Fue una advertencia para que frenara un poco y pensara en su vida. Jaime trató de hacerlo, se alejó de las liberaciones y del Proceso de Paz mientras estaba en la Clínica Palermo y designó a ‘Alejandro’, una figura oscura que aparece tenuemente en cada documento.


Lo que sigue son amenazas cada vez más sofocantes, Jaime no deja a sus personajes y las entrevistas de Heriberto de la Calle cada vez son más urticantes. Las amenazas de Carlos Castaño lo dejan sin aliento y les comenta a sus compañeros periodistas sobre el agravamiento de los comentarios del jefe paramilitar. Hasta llegó a decir que si lo iban a matar lo mataran bien y de frente, que no lo fueran a dejar como a Navarro Wolff.


El 7 y el 8 de agosto se tomó unos días de veraneo con ‘La Tuti’ en Mariquita. Jaime hizo infructuosos esfuerzos para comunicarse con Carlos Castaño. El martes 10 de agosto visitó el pabellón de alta seguridad de la cárcel La Modelo, habló con Ángel Gaitán Mahecha, jefe paramilitar, quién por fin lo puso en contacto telefónico con su verdugo. “Usted no es capaz de ponerme la cara, usted es un cobarde”, le dijo a Garzón. La conversación tuvo varios tonos hasta que acordaron que el sábado 14 de agosto un helicóptero lo recogería en Montería para encontrarse con él dos días después. Se limitó a decirle que tratara de sobrevivir hasta que pudieran verse. “Me da miedo que no me alcance la vida para cumplir la cita”, le diría Garzón a un reportero radial.


El miércoles por la noche, Mery Garzón (maquilladora) cuenta que Jaime estaba más nervioso de lo habitual, estaba intranquilo y preocupado. “Me van a matar, hasta mañana tengo plazo de vida” le dijo. También a ‘La Tuti’ le diría que tenía vida hasta el sábado.


Nadie muere a la víspera…


Viernes 13 de agosto de 1999. 5:45 de la mañana. Bogotá, Barrio Quinta Paredes Calle 22F con Carrera 42B diagonal a Corferias y a cuatro cuadras de Radionet. Sector residencial, de madrugada, revolver calibre 38 largo que no deja vainillas, motocicleta con placas ocultas. Los medios titularon el hecho como un “crimen perfecto”.


Periodistas, camarógrafos, policías, agentes del CTI, SIJIN, DAS y DIJIN rodeaban la escena. Cuando los capitalinos se enteraron de que el muerto era Heriberto de la Calle, toda Bogotá lloró, pero aun no creyó. Muchos interrumpieron su baño, desayuno y ruta hacia el trabajo para pensar o sollozar un poco. Otros se dirigieron, con rabia, al lugar para confirmar que la vileza y la intolerancia hecha muerte existían. Los niños del jardín infantil miraban aterrorizados, decenas de personas se agruparon, cólera es lo que se respira, “nos quitaron la verdad, nos mataron la risa”, gritó una mujer.


Los focos muestran la camioneta Cherokee gris oscuro tapada con tres sábanas blancas. Las siglas del CTI revolotean por todas partes, la cinta amarilla con letras rojas es insoportable. La muerte aun ronda por allí, todavía huele a pólvora, el frío es intenso.


Los agentes de todas las siglas recogen pruebas, hablan con testigos, toman fotografías, registran llamadas que luego desaparecerían, por años, misteriosamente. Llega Gloria Cecilia Hernández, ‘La Tuti’ su eterna compañera. No quiere ver el carro, no quiere ver el cuerpo de Jaime, sólo llora en brazos de un familiar “no me gustó cuando se puso esa camisa” dijo. Sus lágrimas parecen no tener fin. El país se conduele y llora una vez más con amargura.


14 de agosto de 1999: “Asesinaron la risa” abre El Espectador. “Mataron el derecho a reír”, dice El Tiempo en su portada. “Nos lo han quitado del medio, en plena efervescencia de su espíritu, en completa vitalidad. ‘Lo borraron’, como dijo el lustrabotas, en su lenguaje de acera”, escribió agriamente el caricaturista Lorenzo Madrigal. Los medios convocan a una manifestación en la Plaza de Bolívar, a la que asiste una Bogotá malherida. Es tanto el caudal de gente que un puente se derrumba, por el peso, dejando a tres personas muertas. La tragedia aun planea por las nubes.


Los medios nacionales, –después de la reacción de la SIP y RSF- ahora sí, reaccionan en cadena, denuncian las amenazas de Carlos Castaño contra Garzón y otros dicen que los militares tienen mucho para decir. El tema es manejado con todas las pasiones revueltas y Castaño horas después se pronuncia. El país calla. Carlos niega de manera vehemente y rotunda aquel asesinato. Lo peor: los medios le creen.


“Defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y la rutina, de la miseria y los miserables, de las ausencias transitorias y las definitivas…”


Las autoridades se casarían con tres hipótesis. La primera apuntaba a las autodefensas, a Carlos Castaño en específico. La segunda se dirigiría a la Fuerza Pública, la extrema derecha conformada por algunos militares. La tercera hipótesis, sin potencia, señalaba a las FARC o al ELN como autores del crimen. Esta se cayó rápidamente pues el directo damnificado sería el Proceso de Paz que se venía adelantando con estos grupos.


Los investigadores empezaron a cosechar un pleito hacia un sólo lado como si estuvieran escondiendo algo: dejaron la hipótesis de la extrema derecha presente en la Fuerza Pública como sospechosa del asesinato y así montaron todo un proceso dirigido hacia el declarado ‘anticomunista’ Carlos Castaño.


Pero un hecho que no deja de ser relevante y que se trató con pinzas, fue el de la álgida relación de Garzón con el general Jorge Enrique Mora, comandante del Ejército. A raíz de las liberaciones en la vía al llano -el 23 de marzo del 98- el entonces comandante de la V división general Mora, se molestó profundamente por las actuaciones de Jaime. Se comunicó con el zar antisecuestros y le pidió se investigara a Jaime Garzón y su gestión en las liberaciones. El zar, José Alfredo Escobar le responde; Jaime tenía todo en claro, no había ninguna traba en sus gestiones pues estaba trabajando para la Gobernación.


El altercado y la mala fe no terminaron allí. Jaime, trató de hablar con Mora, lo esperó varias horas en su oficina pero el general no lo quiso atender. Jaime le envío un fax en el que le decía: “General, no busque enemigos entre los colombianos que arriesgamos la vida a diario por construir una patria digna, grande y en paz, como la que quiero yo y por la que lucha usted”.


Se vendría todo un huracán cuando desde sus columnas Francisco Santos –editor general de El Tiempo- y Rafael Pardo -ex ministro de defensa- señalaron sin tapujos que los asesinos de su amigo y compañero habían sido militares. Santos diría, “No hay duda. A Jaime Garzón lo mató la extrema derecha militar”. Pardo, sutilmente, preguntaría, “¿Por qué los mandos del Ejército no sabían que Garzón era hostilizado por altos militares?”. El Ejército reaccionó indignado, el general Mora entraría en contradicción en entrevista con la Revista Semana, pero ese asunto no pasaría a mayores, el rumbo ya estaba arreglado.


La Fiscalía General de la Nación cerraría el caso el 2 de enero del 2002, señalando como autores materiales a Juan Pablo Ortiz Agudelo alias ‘Bochas’ y Edilberto Antonio Sierra Ayala alias ‘Toño’ (un par de sicarios, supuestamente de la banda La Terraza de Medellín) El Autor intelectual fue Carlos Castaño, al cual se le dictó una orden de detención. El Móvil: la gestión humanitaria adelantada para conseguir la liberación de algunos secuestrados.


Alirio Uribe, abogado de la familia Garzón Forero, dijo a Contravía que “la Fiscalía no investigó lo que había que investigar”, la desviación del caso se hizo evidente cuando los testigos no resultaron creíbles. ¿Cómo puede una mujer –o alguien- ver a más de 100 metros los rasgos físicos de dos hombres que iban alta velocidad en moto, encapuchados y con casco? María Amparo Arroyáve declaró desde la forma de las cejas, la estatura, color de ojos y hasta la marca del calzado de los asesinos. Después, desapareció.


El nombre de Wilson Llano Caballero, alias ‘El Profe,’ rondaría por la cabeza de investigadores y en los pasillos de los juzgados. Fue pieza clave para el hundimiento de varios procesos en los que se veían involucrados agentes del DAS. Fue informante de todas las siglas, se le creía y se le creyó hasta el final, así su mentira siniestra y descarada se le hubiese desbaratado: la investigación fue un montaje del DAS.


En septiembre del año 2002 Reporteros Sin Fronteras se pronuncia, indignada por las actuaciones de las instituciones en el caso de Garzón. En un artículo titulado ‘Asesinato del periodista Jaime Garzón: ¿manipulaciones en la investigación?’, cuestiona sobre la posible voluntad del DAS de desviar la investigación. Sobre todo porque Wilson Llano Caballero, sobre el que pesaba la amenaza de una pena de cárcel al comenzar la investigación, podría haber caído en la tentación de dar informaciones a cambio de que olvidaran las querellas contra él. En otro punto señala que la organización está sorprendida por la actitud de la Fiscalía y del DAS, ya que algunas informaciones aparecidas en la prensa mencionan que los investigadores descartaron a testigos que implicaban a algunos militares. Según esas informaciones, algunos sectores del Ejército acordaron con Carlos Castaño el asesinato de Jaime Garzón, el cual habría sido cometido por la banda la Terraza.


Sigue la absolución de cargos contra los autores materiales, la condena a Carlos Castaño por 38 años de prisión -pena que nunca se hizo efectiva- y su posterior muerte -en libertad- por orden de su hermano Vicente Castaño. Pujas entre jefes paras.


El 10 de junio del 2008, el nombre de Jaime Garzón ocupa, otra vez, a la prensa. ‘H.H.’, el ex jefe del Bloque Bananero de las Autodefensas -recién capturado- dijo que Castaño había ordenado el asesinato del humorista “por petición de unos amigos del Ejército Nacional”. Antes de ser extraditado, ‘Don Berna’ diría lo mismo. Hasta la fecha no hay un solo detenido. La familia Garzón Forero demandará al Estado ahora que el asesinato cumple 10 años en total impunidad.


¿Qué será de los militares sin la guerra? ¿Tienen tiempo para reírse en medio de la balacera? El direccionamiento amañado del proceso tuvo fuertes influencias de una mano oscura, poderosa y definitivamente camuflada. Así son, serios, amargados, “a los asesinos no les gusta la risa, odian la ironía” escribió Abad Faciolince. Los “amigos” de Jaime saben más y no han hablado. Los enemigos, hoy importantes dirigentes, también. ¿Qué tanto saben las poderosas familias y los emporios económicos? ¿Tienen algo para agregar después de 10 años, los colegas de Jaime? Usted general Mora, renunció y jamás volvió a sonar. ¿Qué es de usted? ¿Supo dónde terminó la camisa blanca con rayas cafés de nuestro Jaime Garzón? Olvidar, es matar dos veces.


***


“No nos raparán el sagrado derecho a operar y juzgar donde y como a quien sea. ¡Estado de derecho romper filas, jueces, civiles retirarse, Ar!”

Jaime Garzón Forero (1960-1999)

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